Síndrome del impostor
I'm a creep. I don't belong here
Arte: Triple Autorretrato- Norman Rockwell (1960) Psicología: Síndrome del impostor Propuesta de: Natalia Papiol
Puedes leerlo en catalán al final del post
Cerramos cada mes con alguna pieza de arte o algún fenómeno psicológico propuesto por vosotros.
En este caso la idea es de Natalia Papiol, una de las primeras personas que empecé a seguir en Substack. Cada post que leo de ella es un “esto me suena, lo he vivido”.
Natalia me propuso un fenómeno que en los últimos años ha ganado relevancia por su buen naming y la difusión que ha tenido en redes: “El síndrome del impostor”.
Este fenómeno no es un diagnóstico clínico y es que como tal no aparece en ningún manual de psiquiatría. Es un fenómeno descrito por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, que lo definieron como “la experiencia interna de sentirse un fraude a pesar de la evidencia objetiva de éxito”. La sensación persistente de que en cualquier momento alguien va a descubrir que no eres tan capaz como creen, que has tenido suerte, que no mereces estar donde estás.
Su estudio original se basó en entrevistas con 150 mujeres de alto rendimiento: académicas, profesionales, investigadoras… Todas compartían el mismo patrón: tenían un éxito objetivo exterior pero una sensación subjetiva interior de fraude. Creían que habían engañado a quienes las habían contratado, que sus notas eran un error, que su éxito se basaba principalmente en la suerte.
Clance desarrolló después la Clance Impostor Phenomenon Scale, una escala de medición con validez psicométrica contrastada que sigue siendo la herramienta más usada en investigación. Incluye preguntas sobre el miedo a ser descubierto, la atribución del éxito a factores externos y la dificultad para internalizar los logros.
Estudios posteriores ampliaron la muestra y encontraron que el fenómeno afecta a hombres y mujeres por igual, aunque con expresiones distintas. Y que es especialmente frecuente en personas que son las primeras de su entorno en acceder a ciertos espacios, cosa que en las sociedades en las que vivimos, coincide con las mujeres: primera universitaria de la familia, primera mujer en un cargo directivo, primera artista reconocido en su círculo…
Así que, como ves, casi se podría llamar Síndrome de la impostora.
Pero vamos a huir de esa antigua idea (que sigue vigente aunque no nos guste reconocerlo) de patologizar a las mujeres y por eso la obra de hoy es de un hombre que se autoretrata.
Como el propio Velázquez hizo en Las Meninas, Rockwell se nos autopresenta en este Triple Autoretrato. Pero hay una diferencia fundamental con el pintor español: No se pinta con poder ni con la cruz de ninguna orden. Se pinta con humor y con duda. Se pinta como lo que sabemos que fue, un hombre extraordinariamente talentoso que dedicándose a la ilustración de portadas, entre otros, se sentía inseguro y menor respecto a los grandes artistas: los pintores.
¿Te has fijado en que hay otros hombres en el cuadro? Van Gogh, Rembrandt, Durero, Picasso. Los cuatro pegados al marco del lienzo, mirándole mientras trabaja. No como inspiración tranquila, casi como un tribunal.
Rockwell reconocía en privado que nunca se sintió capaz de crear lo que él consideraba una verdadera “obra maestra”. Alguien que produjo más de 4.000 obras a lo largo de su vida, que retrató presidentes, que realizó portadas que se convirtieron en iconos culturales pero que necesita autofirmarse con duda ante un espejo para poder pintar su autorretrato.
¿Y el casco? Mi primera intuición era que era un homenaje a “Marte” del propio Velázquez.
Pero me he querido asegurar y no.
Rockwell compró el casco en una tienda de antigüedades en París pensando que era el casco de un antiguo soldado griego o romano. Cuando lo llevaba de vuelta al hotel, se detuvo a ver a unos bomberos trabajando para salvar un edificio en llamas y se dio cuenta de que todos los bomberos franceses llevaban cascos idénticos al que acababa de comprar.
Es decir, creyó haber encontrado una reliquia antigua y resultó ser equipamiento moderno de uso común. Lo puso en el cuadro como recordatorio de no dejarse engañar por las apariencias.
Rockwell explicó por qué sus gafas aparecen opacas en el cuadro: “Tenía que mostrar que mis gafas estaban empañadas y que realmente no podía ver cómo era — un tipo feo y larguirucho — y por eso podía estirar la verdad un poco y pintarme con un aspecto más elegante y distinguido de lo que realmente soy.”
¿Qué te parece? Un verdadero competidor a “síndrome de impostor” del año, ¿no?
La decisión de convertir todo ello en un cuadro autorreferencial no hace más que confirmarme por qué cada semana escribo aquí.
El arte es reflejo de la psicología de cada uno pero además ejerce como motor para que los demás se pregunten sobre su propia mente.
Un poco de justicia divina para Rockwell y para cerrar el post:
Cuando Obama llegó por primera vez a la Casa Blanca llevó allí un cuadro de nuestro autor. El presidente solicitó el préstamo del cuadro al museo Norman Rockwell (Stockbridge, Massachusetts).
Se trata de The Problem We All Live With (1963). El cuadro muestra a Ruby Bridges, una niña negra de seis años con vestido blanco, caminando hacia su primer día de clase en una escuela de Nueva Orleans que hasta entonces había sido solo para niños blancos. La escoltan cuatro agentes federales de los cuales solo se ven sus cuerpos desde los hombros hacia abajo, sin rostro. En la pared del fondo aparecen escritas las iniciales KKK y la palabra más ofensiva del racismo americano, además de un tomate estampado lanzado por la multitud que no aparece en el cuadro pero cuya presencia se intuye fuera del encuadre.
La composición es deliberada: la niña, pequeña y sola en el centro, avanza con una dignidad que contrasta con la violencia que la rodea. Rockwell tomó la decisión de no mostrar a la multitud, solo sus consecuencias. El odio queda implícito, fuera de campo. Ruby, en primer plano.
Rockwell retrató a una niña que a pesar de sentirse una impostora, acabó en la Casa Blanca con Obama homenajeando al propio Rockwell. Un bonito cierre de círculo, ¿verdad?
Finalizo con una canción de Nina Simone que nos viene genial para el post de hoy. Una especie de lamento que puede sonar alegre. Simone se arrepiente de todo aquello que debería haber hecho, como creer más en ella y sentir que podía romper las cadenas que la frenaban.
¡Que nos inspire!
Català
Art: Triple Autoretrat- Norman Rockwell (1960) Psicologia: Síndrome de l'impostor Proposta de: Natalia Papiol
Tanquem cada mes amb alguna peça d’art o algun fenomen psicològic proposat per vosaltres.
En aquest cas la idea és de la Natalia Papiol, una de les primeres persones que vaig començar a seguir a Substack. Cada post que llegeixo d’ella és un «això em sona, jo ho he viscut».
La Natalia em va proposar un fenomen que en els últims anys ha guanyat rellevància pel seu bon naming i la difusió que ha tingut a les xarxes: la «Síndrome de l’impostor».
Aquest fenomen no és un diagnòstic clínic i és que com a tal no apareix en cap manual de psiquiatria. És un fenomen descrit per primera vegada el 1978 per les psicòlogues Pauline Clance i Suzanne Imes, que el van definir com «l’experiència interna de sentir-se un frau malgrat l’evidència objectiva d’èxit». La sensació persistent que en qualsevol moment algú descobrirà que no ets tan capaç com creuen, que has tingut sort, que no mereixes ser on ets.
El seu estudi original es va basar en entrevistes amb 150 dones d’alt rendiment: acadèmiques, professionals, investigadores… Totes compartien el mateix patró: tenien un èxit objectiu exterior però una sensació subjectiva interior de frau. Creien que havien enganyat qui les havia contractat, que les seves notes eren un error, que el seu èxit es basava principalment en la sort.
Clance va desenvolupar després la Clance Impostor Phenomenon Scale, una escala de mesura amb validesa psicomètrica contrastada que continua sent l’eina més utilitzada en la investigació. Inclou preguntes sobre la por a ser descoberta, l’atribució de l’èxit a factors externs i la dificultat per interioritzar els assoliments.
Estudis posteriors van ampliar la mostra i van trobar que el fenomen afecta homes i dones per igual, encara que amb expressions diferents. I que és especialment freqüent en persones que són les primeres del seu entorn a accedir a certs espais, cosa que en les societats en què vivim coincideix amb les dones: la primera universitària de la família, la primera dona en un càrrec directiu, la primera artista reconeguda en el seu cercle…
Així que, com veus, gairebé es podria anomenar Síndrome de la impostora.
Però vull fugir d’aquesta antiga idea (que continua vigent encara que no ens agradi reconèixer-ho) de patologitzar les dones, i per això l’obra d’avui és d’un home que s’autoretrata.
Com el propi Velázquez va fer a Les Menines, Rockwell se’ns autopresenta en aquest Triple Autoretrat. Però hi ha una diferència fonamental amb el pintor espanyol: no es pinta amb poder ni amb la creu de cap orde. Es pinta amb humor i amb dubte. Es pinta com el que sabem que va ser: un home extraordinàriament talentós que, dedicant-se a la il·lustració de portades entre altres coses, se sentia insegur i menor respecte als grans artistes: els pintors.
T’has fixat que hi ha altres homes al quadre? Van Gogh, Rembrandt, Dürer, Picasso. Els quatre enganxats al marc del llenç, mirant-lo mentre treballa. No com una inspiració tranquil·la, gairebé com un tribunal.
Rockwell reconeixia en privat que mai no se va sentir capaç de crear el que ell considerava una veritable «obra mestra». Algú que va produir més de 4.000 obres al llarg de la seva vida, que va retratar presidents, que va realitzar portades que es van convertir en icones culturals, però que necessita afirmar-se amb dubte davant d’un mirall per poder pintar el seu autoretrat.
I el casc? La meva primera intuïció era que era un homenatge a «Mart» del propi Velázquez.
Però m’he volgut assegurar i no.
Rockwell va comprar el casc en una botiga d’antiguitats a París pensant que era el casc d’un antic soldat grec o romà. Quan el portava de tornada a l’hotel, es va aturar a veure uns bombers treballant per salvar un edifici en flames i es va adonar que tots els bombers francesos portaven cascos idèntics al que acabava de comprar.
És a dir, va creure haver trobat una relíquia antiga i va resultar ser equipament modern d’ús comú. El va posar al quadre com a recordatori de no deixar-se enganyar per les aparences.
Rockwell va explicar per què les seves ulleres apareixen opaques al quadre: «Havia de mostrar que les meves ulleres estaven entelades i que realment no podia veure com era — un tipus lleig i escarransit— i per això podia estirar la veritat una mica i pintar-me amb un aspecte més elegant i distingit del que realment sóc.»
Què et sembla? Un veritable candidat a «síndrome de l’impostor» de l’any, oi?
La decisió de convertir tot això en un quadre autorreferencial no fa més que confirmar-me per què cada setmana escric aquí.
L’art és el reflex de la psicologia de cadascú, però a més exerceix com a motor perquè els altres es preguntin sobre la seva pròpia ment.
Una mica de justícia divina per a Rockwell i per tancar el post:
Quan Obama va arribar per primera vegada a la Casa Blanca, hi va portar un quadre del nostre autor. El president va sol·licitar el préstec del quadre al museu Norman Rockwell (Stockbridge, Massachusetts).
Es tracta de The Problem We All Live With (1963). El quadre mostra Ruby Bridges, una nena negra de sis anys amb vestit blanc, caminant cap al seu primer dia de classe en una escola de Nova Orleans que fins aleshores havia estat només per a nens blancs. L’escolten quatre agents federals dels quals només es veuen els cossos des de les espatlles cap avall, sense rostre. A la paret del fons apareixen escrites les inicials KKK i la paraula més ofensiva del racisme americà, a més d’un tomàquet estampat llançat per la multitud que no apareix al quadre però la presència de la qual s’intueix fora del enquadrament.
La composició és deliberada: la nena, petita i sola al centre, avança amb una dignitat que contrasta amb la violència que l’envolta. Rockwell va prendre la decisió de no mostrar la multitud, només les seves conseqüències. L’odi queda implícit, fora de camp. La Ruby, en primer pla.
Rockwell va retratar una nena que, malgrat sentir-se una impostora, va acabar a la Casa Blanca amb Obama homenatjant el propi Rockwell. Un bonic tancament de cercle, oi?
Finalitzo amb una cançó de Nina Simone que ens ve molt bé per al post d’avui. Una mena de lament que pot sonar alegre. Simone es penedeix de tot allò que hauria hagut de fer, com creure més en ella mateixa i sentir que podia trencar les cadenes que la frenaven.
Que ens inspiri!









Hola,
La Psicología puede explicar todo lo que hace el ser humano. Me parece un enfoque muy acertado al establecer su conexión con las expresiones artísticas, describiendo por qué son así.
Saludos!
Encontrar Substacks como este es un regalazo!! Gracias!!